Walter caminaba bajo el manto de una noche sin luna hacia el Playón de las Palmas. Para romper el silencio opresivo del camino, sintonizaba en su radio un programa sobre problemas sociales, sin imaginar que la realidad superaría cualquier discurso. De pronto, entre las sombras del arcén, una joven le hizo señas desesperadas para que se detuviera.
—Gracias por parar, señor —dijo la chica, identificándose como Katerine—. Mi bebé me espera y se me ha hecho muy tarde.
Walter, conmovido por la juventud de la madre, la invitó a subir. Sin embargo, al llegar al puente cerca de la casa de don Néstor Aquiles, el ambiente cambió drásticamente. El motor se detuvo, la linterna se apagó y la radio enmudeció. En medio de un silencio absoluto, Katerine desapareció sin dejar rastro. Segundos después, un llanto desgarrador comenzó a emanar desde las profundidades del fango y el manglar, bajo la estructura del puente.
Guiado por una curiosidad hipnótica y aterradora, Walter descendió al cauce. Allí, la sangre se le heló al mirar hacia arriba: el cuerpo inerte de Katerine colgaba de la barandilla de bambú, con los ojos fijos en él. Con un dedo amoratado, el cadáver señaló hacia el agua, donde el cuerpo de un recién nacido flotaba boca abajo. El pánico se apoderó de Walter, quien huyó desesperado, mientras los lamentos del espíritu y el llanto del niño lo perseguían hasta las luces de la avenida principal, marcando su alma con el horror del Puente de las Palmas.







